La selección española se proclama campeona del mundo por segunda vez tras derrotar por 1-0 a Argentina en la prórroga. El marcador no refleja la diferencia entre ambos equipos: España tuvo más del 65 % de posesión, disparó 20 veces y obligó a Emiliano Martínez a intervenir una y otra vez, mientras la vigente campeona fue incapaz de realizar un solo remate durante los 90 minutos reglamentarios. Ferran Torres firmó en el 106 el gol de una victoria tan justa como histórica.
España vuelve a estar en la cima del fútbol mundial. Dieciséis años después de Johannesburgo, la selección española conquistó este domingo su segunda Copa del Mundo al imponerse por 1-0 a Argentina en el Estadio Nueva York Nueva Jersey, en East Rutherford. Fue necesaria la prórroga y fue Ferran Torres, en el minuto 106, quien encontró finalmente el gol que durante casi dos horas había perseguido un equipo claramente superior.
El resultado, mínimo en el marcador, resulta engañoso como explicación de lo sucedido sobre el terreno de juego. La diferencia futbolística fue mucho mayor. España tuvo más del 65 % de posesión, acumuló 20 intentos de gol y 12 remates entre los tres palos. Argentina, por el contrario, protagonizó un dato insólito: se convirtió en la primera selección de la historia incapaz de efectuar un solo disparo —ni a puerta ni fuera— durante los 90 minutos de una final mundialista. Su primera tentativa no llegó hasta el minuto 116, cuando ya perdía y jugaba con diez futbolistas. Se resumió la diferencia calificando al conjunto de Luis de la Fuente como una auténtica «máquina española» ante una Argentina que se quedó sin alternativas cuando Messi no pudo aparecer.
Un campeón construido desde el equipo
El segundo título mundial de España confirma algo que ya venía anunciando esta generación: su principal estrella es el conjunto.
La selección de Luis de la Fuente ha construido una identidad reconocible alrededor del balón, la presión, la capacidad para recuperar rápidamente la posesión y, sobre todo, una extraordinaria riqueza de recursos. Rodri gobierna, Dani Olmo interpreta los espacios, Lamine Yamal desequilibra, Fabián aporta continuidad y futbolistas como Nico Williams o Ferran Torres pueden cambiar una final saliendo desde el banquillo.
Precisamente fueron dos suplentes quienes fabricaron el momento que decidió el Mundial. En el inicio de la segunda mitad de la prórroga, Pedro Porro envió el balón al segundo palo, Nico Williams lo prolongó de cabeza y Ferran Torres apareció en el área para golpear con la izquierda y batir definitivamente a un extraordinario Emiliano Martínez. Era el minuto 106. España encontraba por fin el premio que llevaba buscando durante todo el encuentro.
No fue, probablemente, la exhibición más brillante de esta España. Argentina renunció durante largos periodos a disputar el partido de igual a igual y convirtió la final en un encuentro cerrado, áspero y continuamente interrumpido. Pero precisamente ahí reside otra de las virtudes del nuevo campeón: España ya no necesita que todos los partidos respondan al escenario que más le conviene. Sabe dominar, sabe sufrir, sabe esperar y dispone de un banquillo capaz de modificar un encuentro.
El título culmina una etapa extraordinaria. Campeona de Europa en 2024 y ahora campeona del mundo, España enlaza además 38 encuentros sin perder, una racha que la sitúa como récord para una selección de Europa o Sudamérica. Luis de la Fuente, a sus 65 años, se convirtió además en el técnico de mayor edad en conquistar una Copa del Mundo.
Argentina renunció al fútbol para sobrevivir
Enfrente apareció una Argentina sorprendentemente pobre desde el punto de vista ofensivo. La hasta entonces campeona del mundo construyó su plan alrededor de la resistencia, la interrupción y la esperanza de que el tiempo condujera el partido hacia los penaltis.
Durante demasiadas fases, el equipo de Lionel Scaloni pareció más preocupado por impedir que España jugase que por construir su propio fútbol. Se ha describió una Argentina dedicada a incomodar, agarrar camisetas, empujar, cometer faltas y romper el ritmo del partido antes que a atacar. Otra prensa, por su parte, habló de un planteamiento «cínico» en una final en la que los sudamericanos terminaron perdiendo también el control emocional.
Los números son demoledores. España tuvo el balón, ocupó el campo argentino y creó las ocasiones. Argentina esperó. Emiliano Martínez, probablemente el mejor jugador de su equipo en la final, sostuvo durante muchísimo tiempo un resultado que por volumen de juego y oportunidades pudo haberse resuelto antes. El propio Luis de la Fuente reconoció después que las intervenciones del guardameta argentino retrasaron una victoria que, a su juicio, debió llegar mucho antes.
La impotencia terminó trasladándose también al apartado disciplinario. Enzo Fernández fue expulsado al término del tiempo reglamentario después de una durísima acción sobre Pau Cubarsí, dejando a Argentina con diez para afrontar la prórroga. Y cuando el árbitro señaló el final, la frustración desembocó en un nuevo incidente: Leandro Paredes empujó a Gavi y se produjo una tangana entre jugadores de ambos equipos que obligó incluso a Scaloni a intervenir para calmar los ánimos.
No fue la mejor imagen para una selección que había llegado a Nueva Jersey defendiendo la corona conquistada cuatro años antes.
Messi, neutralizado y demasiado solo
La final dejó también una imagen cargada de simbolismo: la de Lionel Messi, a sus 39 años, intentando encontrar una última genialidad allí donde Argentina parecía no disponer de ningún otro argumento.
El extraordinario futbolista argentino había completado, pese a su edad, un Mundial excepcional: ocho goles y cuatro asistencias. Pero España tenía preparado un plan para reducir su influencia y lo ejecutó con enorme precisión. Messi quedó lejos de las zonas donde podía decidir el partido y apenas encontró continuidad.
Se consideró evidente que Argentina había terminado dependiendo excesivamente del veterano número 10. Durante las eliminatorias había sobrevivido repetidamente gracias a apariciones decisivas del capitán, pero esta vez, con Messi perfectamente controlado, el equipo no encontró un plan alternativo. La selección española desactivó al jugador y, con él, desactivó prácticamente todo el ataque argentino.
No se trata de cuestionar la dimensión histórica de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Se trata precisamente de constatar hasta qué punto Argentina había terminado fiando demasiado de su destino a un jugador de 39 años. Messi había llevado al equipo hasta donde sus piernas y su talento permitieron, pero en una final de máxima exigencia acabó atrapado por el sistema defensivo español y sin compañeros capaces de ofrecer una respuesta colectiva.
Ahí estuvo, quizá, la diferencia fundamental entre ambos finalistas.
Argentina necesitaba que apareciera Messi.
España podía ganar incluso aunque Lamine Yamal no tuviera su mejor noche.
Y eso es exactamente lo que ocurrió.
La victoria del colectivo sobre la individualidad
España ganó porque tiene un equipo. Porque cuando un jugador no encuentra su mejor versión aparece otro. Porque los suplentes comprenden el modelo exactamente igual que los titulares. Porque Nico Williams puede entrar y cambiar la velocidad de una final y Ferran Torres puede comenzar en el banquillo y terminar escribiendo su nombre junto al de Andrés Iniesta en la historia del fútbol español.
Reuters lo resumió con una imagen especialmente acertada: España no es un conjunto de solistas compitiendo por el protagonismo, sino una orquesta en la que incluso quienes entran tarde conocen perfectamente la melodía.
Argentina representó prácticamente lo contrario. Un equipo cada vez más dependiente del talento individual de Messi, extraordinariamente competitivo pero con dificultades para generar fútbol cuando su capitán era neutralizado. Frente a la circulación española ofreció resistencia. Frente a la creatividad, interrupciones. Frente al dominio territorial, repliegue.
Y aun así estuvo cerca de llevar la final a los penaltis, fundamentalmente gracias a Emiliano Martínez.
Pero habría sido difícil encontrar una decisión más injusta para España que resolver desde los once metros un partido que había dominado con tanta claridad.
La justicia deportiva terminó llegando en la prórroga.
Ferran golpeó.
Argentina cayó.
Y España volvió a ser campeona del mundo.
Una despedida impropia del subcampeón
La derrota, sin embargo, todavía tuvo un último capítulo desagradable.
España formó un pasillo para reconocer a los jugadores argentinos mientras recibían sus medallas de plata. Cuando llegó el turno de los nuevos campeones, el gesto no fue correspondido. Los futbolistas argentinos se desplazaron hacia el otro extremo del terreno de juego y permanecieron de espaldas, mirando hacia sus propios aficionados, mientras los jugadores españoles recibían las medallas y se preparaban para levantar la Copa del Mundo.
La escena fue recogida por medios internacionales como The Guardian, Yahoo Sports y otros medios deportivos y provocó duras críticas. El periódico británico describió el gesto como una muestra de «petulancia», mientras distintos comentaristas cuestionaron la falta de deportividad de una selección que acababa de perder la final.
Conviene, por rigor, introducir una diferencia importante. Lionel Scaloni sí reconoció públicamente la superioridad española. «Ellos fueron mejores, eso es verdad», admitió el seleccionador argentino, quien añadió que un equipo debe saber comportarse tanto en la victoria como en la derrota. Sus palabras fueron deportivas y conciliadoras. La conducta de una parte de sus jugadores, sin embargo, transmitió una imagen muy diferente.
Porque perder una final del Mundial después de haber sido campeón cuatro años antes es doloroso. Perderla posiblemente en el último Mundial de Lionel Messi lo es todavía más. Pero precisamente ahí se mide también la grandeza de un campeón.
Argentina había sido destronada.
España había sido mejor.
Y reconocerlo habría engrandecido al derrotado.
En lugar de devolver el gesto a quienes minutos antes habían respetado su momento, buena parte de la selección argentina dio la espalda a la ceremonia del nuevo campeón. Fue una imagen desafortunada para cerrar una noche marcada por las faltas, una expulsión y una tangana posterior al pitido final.
Mientras Argentina miraba hacia otro lado, la fotografía que quedará para la historia estaba ocurriendo a sus espaldas.
Una nueva generación española levantaba la Copa del Mundo.
Joven, ambiciosa, extraordinariamente competitiva y, sobre todo, construida alrededor de una idea colectiva de fútbol.
España no necesitó un héroe que la salvara. Necesitó un equipo que creyera hasta el final. Y por eso, dieciséis años después, volvió a conquistar el mundo.
