Por primera vez el PSOE y la izquierda tienen un adversario real en Andalucía

Juan Manuel Moreno no destacaba por una trayectoria brillante, ni por una gran capacidad de oratoria, ni por un proyecto político capaz de seducir a las masas; se presentaba a las elecciones como un candidato normalito y con una muerte premonitoria dentro de las filas de su partido. En solo dos años se ha convertido en el Feijóo andaluz, consolidado como presidente, proyectando una imagen amable, sensata y moderada, que supera con creces la del Gobierno en su conjunto y la de su propia formación.

Esta situación representa un cambio de paradigma en la política andaluza, porque por primera vez el PSOE y la izquierda tienen un adversario real.

Cuando ampliamos el campo de visión y nos alejamos de la figura del líder popular, nos encontramos con una situación de inestabilidad generalizada en la política andaluza de la que Moreno Bonilla se alimenta y se fortalece. De una parte están los que se ocupan más de la justicia que de la política, por otra los que no encuentran compañeros de viaje, los que están a guerra limpia y los que se están preparando para ella.

Esta situación no hace más que fortalecer la figura del mandatario dejando en su mano la capacidad de diseñar y marcar la agenda política, una agenda política que es solo suya, ya que el vicepresidente Marín ha demostrado poco interés y poca capacidad para influir en ella. Tan solo Vox ha conseguido hacerlo, aunque una vez los presupuestos aprobados, ya no será tan necesario contentarlos.

En este punto de la historia nos encontramos con un presidente empoderado, un socio de coalición debilitado internamente cuyo líder le rinde pleitesía y Vox que, como elemento de presión, pierde relevancia. De otro lado, la oposición que, pudiendo elegir otros espacios, opta por el Parlamento como su principal escenario de acción política. ¿Estamos seguros de que en estas circunstancias el Parlamento sea el escenario óptimo para esa tarea?

Personalmente creo que se trata de un planteamiento equivocado ya que las acciones de la oposición no cuentan con un respaldo social que sienta el rechazo de la Cámara como una afrenta a sus propias causas. Y la consecuencia del desenfoque en la estrategia está clara: dos años después de iniciar el gobierno Juan Manuel Moreno se ha coronado como un dirigente bien valorado por la opinión pública, aunque sabe que no puede relajarse porque el estado de Ciudadanos no garantiza futuro en la coalición de la derecha moderada.

Según los datos actuales el socio preferente de Moreno Bonilla cambiaría de color, con una nueva edición del Gobierno andaluz en la que la extrema derecha tendría voz y voto a la hora de marcar agenda y ya hemos visto que lo saben hacer, quieren hacerlo y a la menor oportunidad lo seguirán haciendo. Recordemos: un partido que no cree en el Estado de las Autonomías, que rompe el consenso institucional en la lucha contra la violencia machista, que ataca las herramientas de identidad territorial como la televisión autonómica y que encuentra su chivo expiatorio dentro de los trabajadores de la propia administración por citar solo algunos ejemplos.

La izquierda andaluza tiene serios problemas. Su estrategia del miedo a la ultra derecha no funciona. La imagen moderada del líder popular rompe con el objetivo de colocar en la opinión pública la idea de que el Gobierno andaluz está secuestrado por Vox. Ni el hecho de que Marta Bosquet, en calidad de presidenta del Parlamento, pidiese disculpas a los ultras después de haber sido mandada “a tomar por culo” en Pleno ha tenido trascendencia fuera del mátrix político.

Vox maneja el miedo y la desesperación con mayor destreza que la izquierda. PSOE y la atomización de Adelante Andalucía utilizan la historia para evocar miedo al pasado; el problema es que conocer la historia no implica sentirla. Por su parte, el partido de Abascal utiliza la imaginación para provocar esa emoción: miedo a una invasión inminente, a la pérdida de nuestros valores culturales, dirigiéndolo a una amenaza real que es fácil de visualizar. En la batalla emocional entre la historia y la imaginación está claro quién gana.  

La izquierda andaluza está dentro de un marco que no es el suyo. Es más, en dos años no ha conseguido construir uno solo en el que poder ir de mano. Entrar en el cuerpo a cuerpo con el actual gobierno se le está haciendo bola. Imaginen a Gasol intentando regatear a Messi. Pues algo así es lo que está pasando en el escenario político andaluz. ¿Qué debería hacer? Entender que las cosas no van bien y cambiar la estrategia. Por seguir con el ejemplo futbolístico, bajar el balón al suelo y combinarlo en un marco de política de calle, de política en clave más local, más de causas concretas, cambiar el Parlamento por el territorio, fajarse en un cuerpo a cuerpo que implica un mayor esfuerzo.

Quizá sea la hora de optar por acciones que hagan de la política de oposición una guerra de guerrillas contra la todopoderosa Armada conservadora, que tras hacerse con el poder en Andalucía arrasa con todo atisbo de sello político anterior, con la intención de consolidarse, algo que a día de hoy deja de ser una idea descabellada.